Comienza el discurso de la misión, el segundo de los cinco que san Mateo pone en boca de Jesús, que comprende el capítulo 10.
Va precedido por una reacción de Jesús ante lo que están viendo sus ojos: unas multitudes "extenuadas y abandonadas", a las que nadie cuida ("ovejas sin pastor"). Jesús les dirá en el siguiente capítulo: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados" (v. 28).
Esta visión provoca una conmoción en las entrañas de Jesús, algo visceral que traducimos como "se compadeció", que se le repetirá dos veces más en este evangelio (14,14; 15,32).
Entonces habla a sus discípulos cambiando de comparación: de las ovejas pasa a los campos que están esperando ser cosechados, la mies. Dice a sus discípulos que el trabajo es mucho y pocos los trabajadores; pero cuando solicita oraciones para que Dios envíe obreros a cosechar, no se está diciendo aquí que recemos por las vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada (que aún no estaba configurada en la Iglesia), sino que envíe a todos los creyentes.
Y es justamente lo que hace a continuación: llama a doce de sus discípulos por su nombre y los envía a la misión, dándoles capacidad ("autoridad") para arrojar espíritus malignos y para curar cualquier dolencia a esa gente que se siente "extenuada y abandonada". Los doce enviados son reconocido como tales, como "apóstoles", que en griego significa "enviados".
En esta ocasión, son enviados "a las ovejas descarriadas de Israel" solo, pues expresamente se les dice que "no vayáis a tierra de paganos". Al final del evangelio, Jesús resucitado hace otro envío, pero éste ya sí incluye a los paganos, pues dice: "Id y haced discípulos a todos los pueblos" (28,19)