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martes, 20 de agosto de 2024

B 21º Juan 6 · 60-69 La crisis de los discípulos

 Llegamos al final del capítulo 6º -a falta de dos versículos-, y con ella termina la incursión del ciclo B (cuyo evangelista de referencia es san Marcos) en el evangelio de san Juan. La liturgia se salta un versículo respecto al evangelio del domingo pasado, el 59: "Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún".

La tensión que Jesús ha mantenido con "los judíos" en los domingos anteriores, estalla en los discípulos de Jesús que se escandalizan de Jesús: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (v. 61).

Jesús responde a sus críticas afirmando: "Las palabras que os he dicho son espíritu y vida". (v. 63)

Ante la firmeza de Jesús, se produce la gran crisis en su discipulado: "Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él." (v. 66)

Jesús pregunta a sus discípulos más cercano, a los Doce, sobre su postura: «¿También vosotros queréis marcharos?» (v. 67)

El portavoz de los Doce, Pedro, le responde confirmando lo que Jesús acaba de decir sobre sus palabras: «Señor, Tú tienes palabras de vida eterna» (v, 68), a la que añade una confesión de fe: «nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (v. 69). Es la única vez que la expresión "Santo de Dios" aparece en este evangelio e indica que Jesús es alguien que pertenece a lo divino.

Jesús desvela porqué algunos creen en Él, como los Doce, y otros no, como los judíos y los "muchos discípulos" que no siguen con Él: "Sus palabras son espíritu", y para aceptar su Palabra se necesita el Espíritu: "El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada" (v, 63); los que no creen no se guían por el Espíritu, sino por su propia comprensión humana ("la carne") y, por tanto, no pueden creer. Ya en el capítulo 3º, Jesús dijo a Nicodemo: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu» (vv. 6-7).


lunes, 12 de agosto de 2024

B 20º Juan 6 · 51-58 Jesús da su carne por la vida del mundo

 La perícopa de este domingo comienza repitiendo el último versículo del domingo pasado, el 51, en el que Jesús hace esta asombrosa afirmación: "el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo".

Eso provoca inmediatamente la reacción incrédula de los judíos: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?», pues hacen una interpretación literal de lo dicho por Jesús.

No hay que confundir la palabra "carne" con la palabra "cuerpo", pues no tienen el mismo significado en el Nuevo Testamento. El término "carne" ya lo utiliza San Juan en el primer capítulo de su evangelio para referirse a Jesús: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (v. 14). Esa palabra -"sarx" en el original griego- hace referencia a la condición mortal de la persona. Jesús dirá el próximo domingo, al final de este capítulo 6º: "El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada." (v. 63).

Tras el escándalo manifestado por los judíos, Jesús habla varias veces de "comer mi carne" uniéndolo a "beber mi sangre", esto último prohibido por la Ley de Moisés, pues se consideraba que la sangre contenía la vida (ver Dt  12,23). "Muchos" de sus mismos discípulos dirán: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (v. 60).

El lenguaje que está usando Jesús hace referencia a los sacrificios de animales que se hacían en el Templo de Jerusalén, y, por tanto, al propio sacrificio de Jesús, quien ya fue presentado por Juan Bautista como un animal de sacrificio: "Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»" (1,29).

Comulgar con el sacrificio de Jesús comiendo su carne y bebiendo su sangre comunica la vida eterna: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día". Aquí ya puede contemplarse una referencia a la comida eucarística.

Creer en Jesús como el Hijo de Dios encarnado y comulgar con Él en la Eucaristía comunica la vida eterna.


 




miércoles, 7 de agosto de 2024

B 19º Marcos 6 · 41-51 El Padre atrae a la fe en el Pan vivo bajado del cielo

 El domingo pasado empezó Jesús el llamado "discurso del pan de vida", tras multiplicar el pan el domingo anterior. Hoy continúa su diálogo con los judíos -saltándonos los versículos 36-40-, que se prolongará los dos próximos domingos.

En sus palabras previas, Jesús se identifica con el pan bajado del cielo. Los judíos arguyen que conocen a su padre y a su madre, lo llaman "hijo de José", y que, por tanto, no es verdad que haya bajado del cielo. Ellos no pueden creer lo anunciado por el evangelista en el prólogo: "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14).

El domingo pasado, ya Jesús incitó a la fe en Él: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (v. 29). En la perícopa de hoy, ante las resistencias a la fe, vuelve a llamar a ella: "el que cree tiene vida eterna".

La fe es presentada como un don del Padre: "Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado". Escuchar a Dios -el Padre- conlleva creer en Jesucristo: "Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí".

Más aún, solo creyendo en Jesús se puede conocer a Dios: "No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ése ha visto al Padre", y ése que "está junto a Dios" es Jesús, "el Verbo que se hizo carne": "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios" (Juan 1,1) . Solo Jesús, ha visto a Dios Padre y solo Él nos lo puede conocer, como ya enseñó el evangelista en el prólogo: "A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer" (Juan 1, 18)

El fruto de la fe en Jesús es la vida eterna: "el que cree tiene vida eterna", "yo lo resucitaré en el último día".

En esta perspectiva de la vida eterna, Jesús aquí se presenta como "el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre", a diferencia del maná que los padres de los judíos "comieron en el desierto y murieron". El pan vivo es el mismo Jesús, su persona, "el Verbo se hizo carne".

Es lo último que declara Jesús en esta perícopa y que escandalizará a los judíos: "el pan que yo daré es mi carne". Con este mismo versículo comienza el evangelio del próximo domingo.

 


lunes, 29 de julio de 2024

B 18º Jn 6 · 24-35 Jesús ha bajado del cielo para dar vida

 El domingo pasado iniciamos un conjunto de cinco domingos reflexionando el capítulo 6º del evangelio de san Juan. En la perícopa anterior, Jesús dio de comer a cinco mil varones con cinco panes. Nos hemos saltado los versículos del 16 al 23.

En la perícopa de hoy se hace alusión al hecho de que Moisés "dio pan del cielo" al pueblo. Por eso, la Iglesia ha escogido como primera lectura ese relato en el capítulo 16º del libro del Éxodo (vv. 2-4. 12).

Jesús corrige a los judíos y, tal como relata la lectura del Éxodo, precisa que "no fue Moisés quien os dio pan del cielo", sino que fue Dios, a quien llama "mi Padre", y añade que "es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo".

Luego explica los beneficio de ese pan que da el verdadero pan: "el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo".

Pero los judíos le entienden mal, porque piensan que está hablando de algún tipo de pan como el maná del desierto, y por eso le piden, para conseguir esos efectos beneficiosos: «Señor, danos siempre de este pan»

Entonces Jesús aclara cuál es ese pan: «Yo soy el pan de vida». Jesús es el Hijo de Dios que ha bajado del cielo y se ha encarnado. Su persona es la comida que da vida: «El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Justamente, creer en Él es lo que Dios quiere que hagamos:  «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado».

Con esta conversación, Jesús pretende que los judíos superen el buscarle por propio interés, "no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros", y en cambio trabajen "no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna", que es justamente el alimento que da Él, que es en realidad Él mismo que se da, creyendo en Él.

viernes, 26 de julio de 2024

B 17º Juan 6 · 1-15 Jesús realiza el signo del pan

 El domingo pasado dejamos a Jesús "enseñando muchas cosas" a la multitud que se había congregado con Él y los "apóstoles" en un lugar desierto, donde habían ido "a descansar un poco".

A continuación, San Marcos relata cómo Jesús manda a sus discípulos que den de comer a la multitud, realizando la multiplicación de "cinco, y dos peces".

Pero la liturgia, en vez de continuar con la lectura del evangelio de Marcos, nos propone, siguiendo el mismo tema, el llamado "discurso del pan" del evangelio de san Juan, a lo largo de cinco domingos seguidos, para luego volver al evangelio correspondiente a este ciclo B, con el capítulo 7 de san Marcos, saltándose el relato de la multiplicación, ya que hoy se presenta la versión de san Juan. Esta introducción de un capítulo de san Juan se debe a la brevedad del evangelio de Marcos, que no llena todo su ciclo litúrgico.

En el texto joánico, Jesús es presentado como el nuevo y definitivo Moisés a través de varias "pistas", encuadradas en la indicación de que "estaba cerca la Pascua". Igual que en la Pascua del Éxodo el pueblo  el pueblo pasó el mar Rojo, siguiendo una multitud a Moisés; quien luego subió al monte; y realizó prodigios; así Jesús "marchó a la otra parte del mar de Galilea", "lo seguía mucha gente", "subió Jesús entonces a la montaña", y la gente "habían visto los signos" que hacía Jesús. E igual que Moisés dio de comer al pueblo hambriento, Jesús hará lo mismo con esta multitud que le escucha.

A diferencia del relato de Marcos, en este evangelio es Jesús y no los discípulos quien se percata de la necesidad de la multitud. En el diálogo con Felipe y con Andrés éstos le presenta la imposibilidad de alimentarlos: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo» le contesta Felipe;  «aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?», le dice Andrés.

Jesús, en cambio, "tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió", lo cual no sólo hace referencia a la Cena de la Pascua judía, sino que son los verbos que identifican la Cena del Señor, la Eucaristía.

La multiplicación de los panes remite al maná del desierto en tiempos de Moisés.

Los doce canastos de sobras de pan hacen referencia al grupo de los Doce. 

Ante este "signo" de Jesús, la gente reconoce que Él es el nuevo Moisés: «Éste es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». Se cumple  en Él lo prometido en  Dt 18,15.18: "El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo."

Sin embargo, la gente malinterpreta el signo e intentan hacer a Jesús el líder de una revuelta política: "iban a llevárselo para proclamarlo rey"; por lo que Jesús tuvo que huir de ellos:  "se retiró otra vez a la montaña él solo"





 

 

jueves, 23 de junio de 2011

A Corpus Juan 6 · 51-58 "Habita en mí y yo en él"

Jesús está en Cafarnaúm, en su sinagoga (v. 59). Está interpelando a la élite judía (v. 41).
Todo comenzó cuando hizo el signo de dar a comer a más de cinco mil personas con cinco panes (vv. 5-13).
Desde entonces le persiguen, pero Jesús les invita a que busquen el alimento que les da la vida eterna (v. 27); para ello han de creer en Él (v. 29). La élite judía le exige para eso una prueba, como Dios que en el desierto les dio el maná, un pan bajado del cielo (vv. 30-31). Jesús les dice que Él es el nuevo Pan bajado del cielo (v. 35 y otros después donde lo repite). Y ahí surge el conflicto, porque la élite empieza a comentar entre sÍ que ellos conocen a su padre y a su madre, que por tanto no han descendido del cielo como prentende hacerles creer (vv. 42-43). Les cuesta aceptar la encarnación del Hijo de Dios, el hecho de que naciera de mujer: "La Palabra se hizo carne" (1, 14).
En el trozo que se lee en el Corpus, la cosa se complica, porque Jesús va más allá y no sólo se presente como alimento de vida eterna, como podría ser su mensaje, sino que ahora presenta su humanidad -su carne- como ese alimento (v. 51), con lo que hace escandalizar a sus oyentes (v. 52). Pero Jesús no sólo insiste, sino que además dice que el alimento de vida eterna está en su Pasión y Muerte -en su carne y sangre-, aún por suceder (v. 53), profundizando aún más en el misterio de su encarnación.
Insiste en los verbos comer-beber, que es asimilarse con él (v. 56). Eso da la vida eterna, y no como el anterior pan bajado del cielo, el maná, que sólo servía para la vida mortal (vv. 57-58).