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lunes, 22 de abril de 2024

B Pascua 7º - Marcos 16 ·15-20 Ascensión

El evangelio de Marcos terminaba originalmente en 16,8 con la huida de las mujeres del sepulcro tras el encuentro con un ángel que les proclamó la resurrección de Jesús. Ellas "no dijeron nada a nadie porque tenían miedo"; es la última frase de este libro.
Posteriormente se le añadieron epílogos, imitando a los otros dos evangelios sinópticos -Mateo y Lucas-, del que se conocen dos, uno largo y otro corto. El primero es el reconocido por la Iglesia como palabra de Dios. Forman los versículos 9 al 20.
La primera parte narra apariciones del Resucitado: a María Magdalena, a dos discípulos (se pueden identificar como los de Emaús) y finalmente a los Once; ello del versículo 9 al 18, del que la lectura de hoy tomar los tres versos finales, empezando abruptamente en mitad de la aparición a los Once, que empieza el versículo anterior.
A la liturgia de este domingo le interesa los versículos finales de Marcos, 19-20, particularmente el primero que narra sucintamente la ascensión del Señor: "El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios"
El mismo hecho es narrado también sólo por Lucas, al final de su Evangelio (24,51)  y al comienzo de sus "Hechos" (1,9), con parecidas palabras sobre su "subida" al cielo, como en Marcos, en una visión espacial que considera que el cielo es un lugar que está "arriba" al que Jesús se traslada físicamente, como se hace en la tierra para ir de un sitio a otro.
El puesto a la derecha del personaje central de una asamblea es el más importante. Es frecuente en el Nuevo Testamento y en la Iglesia el recuerdo del Salmo 110 (109), 1: "Dijo el Señor a mi Señor: "Siéntate a mi derecha, mientras yo pongo a tus enemigos como estrado de tus pies".
En el libro de los Hechos y en las cartas hay varias referencias a Jesús sentado a la derecha de Dios

jueves, 16 de febrero de 2012

Marcos 2 · 1-12 El de la camilla se va a su casa - Domingo VII B

Continuamos el texto de Marcos por donde lo dejamos el domingo pasado, aunque cambiemos de capítulo, y nos encontramos a Jesús de vuelta a la casa de Cafarnaúm y rodeado de gente como cuando se fue. Se nos descubrirá que en ese grupo hay unos escribas o letrados.
Un grupo de cinco personas no pueden sortear el corro y abren un boquete en la frágil azotea de la casa, descolgando a uno de ellos, paralítico, ante Jesús. Jesús interpreta esta acción como una expresión de fe, de confianza en él.
Por la fe, Jesús perdona de parte de Dios los pecados al paralítico. Curiosamente, nadie ha hablado de pecados ni nadie ha pedido perdón. Lo que se podía esperar era una curación, pero ésta no sucede inmediatamente, por lo que tampoco se puede suponer un automatismo entre enfermedad-pecado y perdón-curación.
Ante la acusación de blasfemia -porque sólo Dios puede perdonar pecados-, Jesús cura al hombre para mostrar que tiene esaautoridad.

jueves, 17 de febrero de 2011

El plus de la justicia cristiana (II) Mateo 5, 38-48. Domingo 7º del ciclo A

Este trozo del Evangelio continúa el del domingo anterior, y termina una unidad.
Había comenzado por un criterio dado por Jesús ("si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entrareis en el reino de los cielos") y acaba con el mismo criterios formulado en positivo: "Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto". El concepto de "perfecto" en Mateo se refiere a algo que llega a su plenitud, algo que se ha completado. El modelo a imitar es Dios Padre.
Jesús sigue "llevando a plenitud" la práctica de los mandamientos. El domingo anterior vimos cuatro de ellos. Hoy se ven dos más: el de "ojo por ojo" y el de "amarás a tu prójimo" (Mateo añade: "y aborrecerás a tu enemigo", pero ese mandato no existe en la Escritura; pudiera ser un dicho que enseñaban unos a otros en tiempos de Jesús).
La ley del talión ("ojo por ojo") enseñaba la reciprocidad en la práctica de la justicia, de manera que el castigo fuese proporcional al daño infringido, con lo que se ponía límites a las venganzas. Jesús lleva más allá la reacción que debe tener el que ha sufrido daño, y propone buscar vías para desactivar la dinámica daño-venganza. Pone tres ejemplos de quien sufre humillaciones: el que es desafiado con el gesto de abofetearle en la derecha, el que es demandado para que le pague con la túnica y el que es requerido por soldado romano para llevar sus pertrechos una milla (como más adelante -27,32- Simón de Cirene será requerido para llevar la cruz de Jesús). Jesús propone no enfrentarse al que humilla, pero sí a la humillación, haciendo ridícula la misma por exageración: que desafíe por la mejilla izquierda -algo imposible-, pagar también con el manto-se quedaría desnudo en el tribunal pues es toda la ropa-, andar una milla más.
La ley de amar al prójimo la amplía al enemigo, llevando el mandato del amor a su plenitud. El modelo de ese actuar vuelve a ser Dios Padre, que nos discrimina a sus enemigos en su actuación. Actuando como el Padre nos hacemos hijos suyos. El actuar de otro modo nos asemeja al proceder de los publicanos, que se apoyaban entre sí, como lo que no seríamos "mejores que los escribas y fariseos"